viernes, 21 de diciembre de 2012

EL ESPEJO.


        

Mario paseaba por el viejo rastrillo, era un apasionado de los objetos raros, antiguos; a ser posible con una extraña historia flotando en torno a ellos.

A decir verdad la mañana le estaba resultando bastante aburrida; montones de libros usados

que no ofrecían demasiada novedad a un eterno buscador, objetos de cerámica, viejos muebles de madera, algún gramófono o radio de principios del pasado siglo, los eternos puestos de sellos, billetes y monedas, viejas condecoraciones. El pan nuestro de cada día en ese tipo de mercadillos.

Aburrido de fisgonear, decidió hacer un alto en su búsqueda para tomar una cerveza bien fría y un pincho, preferiblemente de tortilla. Bajo los soportales, casi escondido entre dos esquinas

Se encontraba su tasca favorita, Casa Pepe, una vieja taberna que anunciaba orgullosa el año de su apertura en un bonito entramado de mosaico; 1910. El interior aunque reformado, conservaba aquel aire añejo en su decoración, y tras la barra un bisnieto del fundador, y amigo suyo.

-          ¡Buenos días José, una jarra fría de cerveza y un pincho de tortilla!

-          ¡Vaya, buenos días Mario!, no te pregunto cómo ha ido porque te veo entrar con las manos vacías.

-          Sí, la verdad es que hoy no me sonríe la suerte, esto empieza a estar demasiado trillado, cada día cuesta más encontrar algo que merezca la pena. Creo que empiezo a venir solo por tu tortilla y la conversación.

-          Pues hablando de conversaciones Mario, ¿Sabes quién ha muerto? El Señor Cornelio. Un infarto fulminante, lo encontraron ayer noche tras el mostrador de su tienda, la verdad, es algo extraño pues a pesar de su edad nunca tuvo problemas cardiacos, lo más raro de todo, según comentan los mentideros era la expresión de su cara, una fría mueca de espanto. Lo curioso es que no falta nada en su tienda, ni dinero ni objetos de valor, nada que pueda presagiar un intento de robo. Es como si simplemente hubiese visto a la muerte venir por él.

-          ¡Vaya, echaré de menos las conversaciones con el viejo anticuario! Era todo un erudito, todo un personaje; llegué a apreciarle bastante.

-          Y él a ti Mario, te consideraba cómo de su familia, la verdad es que estaba bastante solo, de hecho no ha llegado nadie aún a reclamar su cuerpo. Creo que tiene una hija pero la verdad, nunca la vi por aquí. La policía está haciendo algunas preguntas por el barrio, pura rutina.

-          En fin me marcho, haz el favor de avisarme para su entierro, me gustaría acompañar al viejo hasta su última morada, no creo que vaya mucha gente y lo menos que merece el pobre Cornelio es que le acompañe hasta el final.


 

Tal y como supuso Mario, no fue demasiada gente a despedir al pobre anciano apenas 20 personas; entre las que se encontraban él mismo, su amigo José, algunos compañeros de comercio del barrio y aquella hija que nunca habían visto en todos aquellos años de trato con el difunto Señor Cornelio, un hombre por otra parte, bastante reservado en lo tocante a su vida familiar y personal, un hombre que nunca les habló de aquella hija que ahora tenían ante ellos. La verdad es que la chica era una autentica belleza, tenía unos ojos penetrantes, oceánicos, y negros como una noche. Podría decirse de ellos, que hablaban en cada una de sus miradas; de figura estilizada y una negra y larga cabellera que le llegaba casi hasta la cintura.

 

-          Vosotros sois Mario y José supongo, los amigos de mi padre; gracias por venir, mi nombre es Dagda.

-          De nada, soy Mario y él es José, encantados de conocerte, aunque las circunstancias no sean las más adecuadas. ¿Por cierto, Dagda? Un nombre muy curioso.

-          Sí, mi padre llevaba sus aficiones y su pasión más allá de sus negocios, toda su vida giró en torno al pasado; incluyendo el nombre de su hija. Por cierto Mario, cuando tengas tiempo debo hablar contigo, mi padre te ha dejado algo, te agradecería que pasases por la tienda en cuanto puedas, tengo intención de inventariar todo y liquidar el negocio para volver a marcharme. Parece ser que te ganaste su aprecio a pulso, no te deja una bagatela precisamente.

-           Vaya, reconozco que estas despertando mi curiosidad, compartía con tu padre esa pasión por las antigüedades, por las viejas leyendas y mitos. De ella nació nuestra amistad precisamente. Haremos algo Dagda, te dejo mí número de móvil y estamos en contacto.

 

La vieja tienda estaba como siempre, con ese olor tan peculiar a años pasados. El local era muy espacioso, lleno de estantes en los que se podían ver los más extraños objetos, cajones y vitrinas, y todo alrededor, viejos arcones, maniquíes con ropas de otros siglos, incluso un par de enormes pianos, y algún que otro instrumento musical más. El Señor Cornelio era un verdadero anticuario, un hombre capaz de conseguir las piezas más extrañas, las más exóticas rarezas. Había sido un hombre con muchos contactos, alguien que amaba su profesión, alguien que hizo de su pasión una forma de vida hasta el final. Aún flotaban en el ambiente y los recuerdos de Mario tantas conversaciones sobre los viejos mitos y leyendas de otras culturas, sobre los antiguos Dioses paganos.

 

-          Gracias por venir Mario, espera un momento, voy a buscar el paquete que te dejó mi padre, aunque mejor será que me ayudes, es algo grande y pesado para traerlo yo.

 

Mario acompañó a Dagda al interior, a la trastienda, una habitación casi tan grande como la tienda en sí, allí había infinidad de objetos embalados y sin embalar, con etiquetas que anunciaban su procedencia, antigüedad y destinatario.

 

-          Ese paquete es el tuyo Mario, te garantizo que te llevas algo muy valioso, un objeto que lleva muchos años en la familia.

 

El paquete tenía algo más de un metro de altura, por unos cuarenta centímetros de ancho.

¿Un cuadro tal vez? En fin, ya lo averiguaría al llegar a casa. Dagda le entregó también un sobre cerrado, con su nombre escrito.

 

-          Toma, mi padre también te dejó esta carta.

-          Gracias por todo, supongo que seguiremos en contacto ya que tienes mi numero.

-          Sí Mario, seguiremos en contacto, de eso estoy segura.

 

Mario conducía con cierta impaciencia, ¿qué le habría dejado el viejo? El paquete acomodado en el asiento trasero de su Renault Megane parecía burlarse de su curiosidad durante el trayecto.

 

-           ¡Por fin en casa! Exclamó al cerrar la puerta de su apartamento tras de él.

 

 Con extremo cuidado, a pesar de la impaciencia que le anegaba, fue desenvolviendo aquel paquete. ¡Vaya, era un extraño espejo! Un marco de bronce con símbolos rúnicos, la superficie del espejo era de plata, muy pulida, hasta conseguir un nítido reflejo. No sólo era muy antiguo, era además muy valioso. La carta estaba a su lado, aún sin abrir, Mario la miraba desconcertado. ¿Qué habría impulsado al pobre anciano a dejarle esa fortuna? No conseguía entenderlo. Si el viejo hubiese estado solo en el mundo, tal vez, pero tenía a su hija; y sin embargo le había entregado ese valioso espejo a él. Lo mejor era leer la carta y salir de dudas:

 

 

-          Estimado amigo.

Imagino que estarás muy desconcertado en este momento, puedo adivinar las preguntas que debes estar haciéndote en este mismo instante.

¿Por qué me deja a mí este valioso espejo?

¿Por qué no a su hija?

¿Qué puede haber visto en mí, para hacerme merecedor de tan valioso obsequio?

¿Cuánto puede valer si me decido a venderlo?

 

Empezaré a responderte que si te decides a venderlo tendrías la vida resuelta, pero sé que no lo harás, con esto respondo a dos de las preguntas que seguramente te has hecho.

Te lo dejo a ti, porque creo que entenderás que su verdadero valor va mucho más allá de lo económico, es una verdadera rareza, de las que te gustan tanto, su origen se pierde atrás en los tiempos. Este espejo, querido amigo te enseñará todo lo que desees ver, y quizás algunas cosas que no desearías ver nunca; entraña ciertos riesgos su uso, hagas lo que hagas no permitas que indague en tu interior, en tus más íntimos

deseos o ambiciones. Si consiguiese hacerlo se apoderaría de tu alma, y entonces te aseguro que no hay escape alguno, vayas donde vayas serás suyo. Mucho cuidado amigo, no existe lugar donde esconderse de su poder. 

 

Mi hija está vinculada a él, como todas las mujeres de mi familia desde hace generaciones. Digamos que es en cierta forma, su guardiana; por ese motivo no debe tenerlo ella. Lo normal es que pase a los varones de la familia, pero nunca tuve hijos varones, y mi sobrino, destinado a poseerlo tras mi muerte falleció hace años de manera extraña.

Por ese motivo el vínculo que une el espejo a mi sangre queda roto tras mi fallecimiento, y por ese motivo debo traspasarlo a alguien de mí confianza, en este caso tú. No puedo explicarte con todo detalle lo que necesitas saber, eso es algo que tendrás que averiguar por ti mismo. Úsalo con prudencia amigo, te tenderá trampas para liberarse de ti, pero está obligado a obedecerte en tus deseos; debo explicarte también que es una puerta al pasado, al futuro, y a otros mundos que desconoces, el peligro que entraña es precisamente el afán que pueda despertar en tu sed de conocimiento. Como te dije antes, escrudiñará en lo más profundo de ti mientras te sirve, buscando un punto débil, procura que no lo encuentre. Para vincularlo a ti debes apoyar el dedo corazón de tus manos sobre los símbolos que hay en los extremos superiores del marco, al mismo tiempo que pronuncias tú nombre.

Esto es todo lo que puedo decirte amigo, la decisión de aceptar este don que te ofrezco es solo tuya.

 

Atentamente.

 

CORNELIO

 

Desde luego este era un día de sorpresas, Mario no tenía claro si el viejo había perdido el juicio al escribir esa carta, o conocedor de su pasión por los mitos, intentaba simplemente burlarse de él allá donde estuviese en este instante.

Se miró las manos, concretamente cada uno de sus dedos corazón, aquellas extrañas runas en el borde del espejo parecían esperar, burlonas. Se acercó a ellas con los dedos extendidos, empezó a acariciar los relieves rúnicos; de repente un destello sobre la superficie bruñida, sin saber cómo, su nombre se le escapó entre los labios. Una luz cegadora inundo aquella habitación.


 

-          Hola Mario, ¿Te pongo lo de siempre?

-          ¡Buenos días! No, solo un café. Oye, ¿Sabes que ha pasado con la tienda del Señor Cornelio?

-          Pues parece ser que al final no se ha vendido, la hija la dejó cerrada. Dijo que no se sentía capaz de liquidar lo que fue la vida de su padre, creo que busca alguien como arrendatario para mantenerlo tal cual. Bueno, cuéntame, ¿qué tal tu regalo? Llevas semanas sin aparecer por aquí.

 

-          ¿Mi regalo? Sorprendente, un verdadero tesoro para alguien como yo.

        Te aseguro que ha cambiado mi vida totalmente amigo.

-          Bueno, mientras sea para bien. Pero eso no te da derecho a dejar de visitar a los amigos con cierta frecuencia, me tenías algo preocupado; te he dejado varios mensajes en el móvil, aunque casi siempre lo tienes desconectado. Llevas casi dos semanas sin dar señales de vida.

-          Perdona, tienes toda la razón, supongo que me ha trastocado un poco todo lo sucedido desde el funeral, y reconozco que se me ha metido en la cabeza la hija de Cornelio, creo que me estoy obsesionando con ella.

-          ¡Chico, llámala, tienes su número! 

-          Tienes razón, después intentaré hablar con ella.

-          ¿Qué, otro cafecito para el abuelete? O prefieres una jarra fresca de cerveza y un pinchito de mi deliciosa tortilla de patata.

-          No gracias, creo que marcho ya, cuando llegue a casa intentare hablar con Dagda.

-          Pues nada campeón, un abrazo y suerte con la chica, la verdad es que está de muerte.



Camino de su casa, Mario no conseguía quitarse a Dagda de la cabeza, era como un pensamiento remachado a fuego en su cerebro. Necesitaba verla, le había mentido a José, llevaba dos semanas llamando a un teléfono que no respondía a sus mensajes.

¡Un momento, el espejo claro! A través de él podría verla, comunicar con ella, el viejo lo dejó escrito, ella era en cierta forma su guardiana.

Le falto tiempo para cerrar la puerta de su apartamento y dirigirse al espejo. Apoyó sus dedos sobre los símbolos, allí estaba el destello; ¡Dagda, Dagda! De repente, la luz cegadora de nuevo. La pantalla empezó a reflejar una imagen, ¡era ella, allí estaba! un momento, sus manos se extendían hacia él, sus ojos negros le miraban intensamente: ¡Ven, ven, coge mi mano!; parecían decirle. Mario estaba como hipnotizado, aquellos ojos le miraban como algo suyo, aquellas manos extendidas hacia él... ¡Oh, Dios, cuanto había soñado con esto! Ella le quería, le llamaba, era suya; sólo tenía que coger su mano en aquel reflejo, y ella vendría.

 


Sin saber cómo, sus manos empezaron a acariciar el reflejo de Dagda en la superficie plateada, su pelo, su cara, sus manos. De repente, un extraño fulgor azabache pareció apoderarse de toda la habitación, devorando a su paso la luz mortecina del atardecer.

 

-          Hola Dagda, parece que estamos destinados a encontrarnos en las situaciones más difíciles.

 

Aquellos ojos, negros como un eclipse, profundos como un misterio estaban clavados en José; parecían llamarle en cada mirada.

 

-          Es cierto, parezco una portadora de malos augurios. ¿Se sabe algo más de Mario?

-          No, es como si se hubiese marchado con lo puesto, eso dicen. Aún no dejan entrar en su casa.

-          ¡Tengo algo qué decirte José! Al llegar me pasé por la tienda de mi padre,  dejé a Mario  

       una copia de la llave. En la trastienda encontré esta carta para ti, y un paquete.

 

José miro aquel sobre con su nombre escrito, desde luego la letra era de Mario, qué extraño motivo le impulsaría a marcharse sin decir nada. Quién sabe, tal vez en aquella carta y el paquete que la acompaña encontraría respuestas a la extraña desaparición de su amigo Mario.

 

-          ¿Por qué no me acompañas a la tienda y vemos lo que te ha dejado Mario?

-          Sí, tienes razón.

 

José caminaba al lado de Dagda hacia la tienda, que extraño, apenas se habían visto tres o cuatro veces, sin embargo la sentía tan cercana, como sí una extraña complicidad se extendiese entre ellos. La puerta de la vieja tienda de antigüedades desprendía un extraño fulgor plateado, al igual que el escaparate. Seguramente Dagda se habría dejado alguna luz encendida.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Y SOÑÉ.


 
He soñado con un mundo

en el que la libertad

es un barco sin velas

ni timón, y el capitán

vende cupones de la once

con un traje de payaso.

a una tripulación despistada.

 

Un mundo en que nacen

los cadáveres plantados

en estudios de televisión

y se celebra cada día

el rito funerario

de cualquier recién nacido,

lloroso y de ojos cerrados

hasta el día de su muerte.

 

He soñado con un mundo

de mangas cambiadas de brazo

en el que la noche se extiende

como una bruma

por todo el calendario,

despues desperté

y soñé que había soñado.

QUEMAS.


Quemas como un silencio

de plomo derretido en los pulmones,

como un rayo despistado en el desierto

cuando el sol abre por rebajas.

Amaneces desordenada y metódica

como un plano de metro en desuso

en manos de un turista japonés extraviado.

 

Proyectas tu sombra sobre la inercia

del tiempo acompasado, diapasón

de una sinfonía inacabada

escrita en los pliegos de madera

del violín jubilado de cualquier músico

con coma cerebral en cada uno de los dedos.

 

Encefalograma plano del corazón

sobre una mesa de operaciones

impregnada de toda extravagancia

con sombrilla, coctel de frialdad

y aperitivo de instrumentos quirúrgicos

desperdigados por los metálicos rincones.

martes, 11 de diciembre de 2012

EL AQUELARRE.


 

-          ¡Qué pasada tía!

 

Mario contemplaba cada detalle de aquel viejo cementerio entre los vapores etílicos producidos por algún trago de jack daniels acompañados por marihuana, y la emoción que le causaba su primera experiencia real con el mundo gótico.

Todo comenzó el fin de semana anterior en un pub, Mario llevaba unas semanas inmerso en aquel extraño ambiente, era un chico tímido, no terminaba de encajar en ningún grupo, algo que le había llevado a aislarse. Por otro lado era un apasionado de cualquier tipo de lectura que tuviese sabor a mitos, leyendas, o historias sobrenaturales; le gustaban especialmente Allan Poe, Lovecraft, las leyendas de Becker, Byron o Milton, siempre andaba a la caza de cualquier novedad que pudiese encontrar en Valdemar. Sólo fue cuestión de tiempo que encontrase a Laura entre las estanterías de libros dedicados a ese género. Laura coqueteaba con una de aquellas tribus urbanas, aunque no estaba plenamente integrada en ella, vestía ropas oscuras a juego con sus ojos, no llevaba las prendas características de ese tipo de grupos, ni tan siquiera se maquillaba de manera extravagante. Conectaron casi al instante tras un ligero cambio de impresiones sobre Le Fanu, Bloch, Leiber, Matheson, Maturin, Chaucer y otros parecidos.

Mario le recomendó Los Cantos de Maldoror de Isidore Ducasse y Laura aceptó la recomendación y una invitación para tomar un café y ampliar la conversación; sentados en una terraza y cargados con sus nuevas adquisiciones comenzó aquella amistad que llevó a Mario al

pub donde los conocidos de Laura les propusieron acudir a un cementerio en plenilunio para participar en un ritual de invocación a los espíritus de los muertos, Mario no se sentía muy dispuesto pero Laura aceptó casi al instante y le arrastró en aquella extraña aventura.

 

La verdad es que los componentes de aquel extraño grupo no terminaban de convencerle, no eran exactamente como Laura o él, dos apasionados de las lecturas profundas. Ellos por el contrario demostraban no tener un gran conocimiento de aquellos autores que devoraba con autentica pasión; su rollo era más bien la música Black Metal y la participación en algunos foros y webs de carácter gótico. Sinceramente no terminaba de entender que podía encontrar su nueva amiga en ese grupo. De hecho le parecieron insustanciales y más propensos a la fantasía inspirada por películas de serie B que verdaderos apasionados como ellos de las lecturas profundas y serias de tantos autores consolidados de ese mundo de sombras y contraluces.
 

-          ¡Vamos ratoncitos de biblioteca! va siendo hora de que viváis aquello que solo conocéis por las aburridas páginas de tantos libros. Hoy experimentareis el verdadero contacto con el ángel de la muerte, hoy podréis danzar con los espíritus que vagan por las sombras de la vida cuando la vida duerme, ¡ánimo cobardicas que ya llegamos!  

 

A lo lejos se recortaban las siluetas de estatuas de piedra y mármol, era un viejo cementerio abandonado, perdido en medio de un bosque húmedo y lóbrego por el que parecían no haber pasado los años, una gran verja oxidada se alzaba ante ellos, una vieja cerradura rota invitaba a pasar libremente al mundo silencioso de la muerte, un molesto chirrido sonó como una advertencia al abrir la puerta lo justo para poder pasar a través de ella. Mario no pudo evitar sentir un escalofrío recorriéndole las vísceras, de pronto sintió el calor de la mano de Laura buscando en cierto modo el abrigo de la suya, ambos se miraron unos instantes y asintieron; llegarían hasta el final de aquella extraña aventura a pesar de la reticencia que empezaban a demostrar sus gestos.

El grupo caminó por un sendero flanqueado por cipreses que proyectaban extrañas y sobrecogedoras formas a través de la luz proyectada por la redonda brillantez de aquella luna llena que proporcionaba una visión fantasmática del conjunto funerario.

 

-          El trago del valor chico.

 

Oscar, uno de los componentes del grupo sacó una botella de licor de su largo abrigo de cuero negro, Mario no era un gran bebedor precisamente, tras un largo trago directamente de la botella comenzó a sentir una oleada de calor bajando hacia su estomago y el sabor almendrado característico de aquella bebida en su paladar; una sensación de modorra se apoderó de él, pero al mismo tiempo también comenzó a desaparecer aquella ligera angustia que no le había abandonado en todo el trayecto, pasó la botella a Laura que también dio un largo trago. Antes de darse cuenta un porro de marihuana fue pasando de mano en mano hasta la suya y de su mano fue hasta su boca, - vaya noche y lugar para experimentar con las drogas por primera vez, pensó mientras pasaba a Laura aquel porro.-

 

-          Tranquilos, aún no es medianoche, debemos esperar, podemos divertirnos mientras tanto.

 

Oscar cogió de la mano a una de las chicas del grupo, juntos se tumbaron sobre una lápida donde comenzaron a acariciarse y desnudarse mutuamente, pronto les siguieron los demás componentes del grupo.


-          Yo no he venido a esto, pensaba que ibais en serio, ahora veo que no sois más que unos salidos borrachos.

-          ¿Qué te pasa bonita, eres virgen o una aprendiz de monjita recatada?

-          Lo que yo sea no es cosa vuestra, vámonos de aquí Mario.

 

Mario sintió de nuevo la mano de Laura, esta vez sobre su hombro, asintió y comenzó a caminar junto a ella rumbo a la salida, coreados por las risas del resto del grupo.

El camino de regreso hasta la salida empezaba a cubrirse por una bruma que apenas dejaba distinguir el sendero de piedra, Mario respiro con cierto alivio la verdad es que nunca estuvo muy dispuesto a participar en aquel ritual.

 

-          Mario gracias por acompañarme, para ser sincera la verdad es que soy virgen, desde luego he estado con chicos pero nunca he pasado de tontear, me caes bien pero no soy del tipo de chicas que se acuesta así como así con el primero que llega.

-          Tranquila Laura, lo entiendo, además empezaba a sentirme incomodo en ese grupo de fantoches disfrazados de fantoches. Me da un poco de vergüenza decirlo pero yo tampoco he estado nunca con una chica, hubiese sido mi primera vez y no me gustaría nada recordar algo tan importante entre lapidas y panteones.

 

Un lamento metálico interrumpió la conversación; la puerta del cementerio seguramente, ¿pero, quien más querría venir a estas horas?, seguramente otra pandilla de indigentes no muy distintos de los que acababan de abandonar pensó Mario.

 

-          Tengo miedo.

-          Tranquila, seguramente serán otros idiotas parecidos a los que se han quedado atrás revolcándose entre los muertos. No pasará nada, ya verás.

 

Una figura solitaria apareció ante ellos a pocos metros, la niebla no dejaba ver con claridad, apenas se vislumbraba algo entre los jirones de luz que se colaban por aquella blanca opacidad. La silueta se acercaba a ellos, en su misma dirección; se cruzarían inevitablemente.

 

-          Mario por favor escondámonos hasta que pase, no sé porque pero empiezo a sentir miedo.

 

Con todo el sigilo posible corrieron hasta un panteón de piedra, bordeándolo para refugiarse tras sus paredes, allí pegados a la piedra musgosa conteniendo incluso la respiración esperaron

que pasase de largo aquella figura que tanto les intimidaba.


-          Ha pasado de largo Laura, esperamos un minuto más y salimos pitando, ya estamos casi fuera. Maldita la hora en que aceptamos acompañar a esos chiflados.

 

Con cuidado volvieron a bordear aquel mausoleo camino de la puerta de salida, allí estaba, apenas a dos metros de ellos, entornada; respiraron con alivio ante el final inminente de aquella estúpida excursión de plenilunio. El mismo lamento metálico de aquella puerta les saludó casi con burla mientras se cerraba ante ellos.

 

-          No puede ser, se ha cerrado sola, es imposible, cuesta mucho abrirla, lo vimos al entrar, no corre ni pizca de aire, pero no creo que pudiese cerrarla ni un vendaval.

-          No podéis salir, no esta noche, la puerta permanecerá cerrada hasta el amanecer.

 

Se volvieron asustados, aquella silueta que intentaron esquivar escondiéndose se alzaba ante ellos. Pertenecía a un hombre alto, vestido con un traje oscuro y cubierto con una negra capa española sujeta al cuello por una esclavina con forma de ángel, un ángel no muy distinto del que se alzaba sobre algunas de las lápidas de aquel cementerio.

Sus manos se posaron sobre los hombros de los chicos, estaban frías y húmedas como aquella neblina que rodeaba la noche, sus ojos eran de un color oscuro pero indefinido, con un brillo metálico, acerado e hipnótico.

Volvieron sobre sus pasos acompañados por aquel extraño personaje que en medio de ellos les guiaba con una brazo sobre el hombro de cada uno, no preguntaron nada, no dijeron nada; sencillamente se dejaron conducir hacia su destino, fuese el que fuese. Aquella voz, la mirada

de aquel hombre venció cualquier resistencia que hubiesen querido ofrecer; caminaban sintiendo aquellos brazos como cadenas que ataban su voluntad y la doblegaban al extraño.

 

-          No sintáis temor, vinisteis por vuestra propia voluntad, hoy conoceréis ese mundo por el que os sentís atraídos, sois invitados de honor, la ceremonia no puede tener lugar sin vosotros. Vamos, no hagamos esperar al resto de los invitados, la medianoche se acerca.

 

Pasaron de largo por el claro donde habían dejado abandonados a los góticos de diseño revolcándose sobre lápidas. No eran conscientes del tiempo, ni del camino, es casi como si caminasen sobre aquellos jirones brumosos. De repente se detuvieron ante un inmenso panteón, una angosta escalera de piedra desembocaba ante una cancela metálica custodiada por dos extrañas figuras aladas, dos gárgolas.


-          La ceremonia está a punto de comenzar, pero debéis vestiros adecuadamente.

El extraño cubrió su cabeza con una capucha que pendía de la parte trasera del cuello de su capa. Se acercó a uno de los nichos sacando dos capas parecidas a las suyas, pero de un intenso color rojo.

 

-          Tomad, son vuestras, al menos por ésta noche, ponéoslas.

 

Entraron por un oscuro pasadizo que desembocaba a su vez en otra escalera, esta vez de caracol, que como una serpiente de piedra se deslizaba a través de las profundidades de la tierra. Llegaron a una amplia cripta, cuatro figuras encapuchas les esperaban ante un altar con seis copas de plata que descansaban sobre unos paños bordados con extraños símbolos. Antes de darse cuenta se encontraban formando un círculo que rodeaba el tabernáculo con una copa entre sus manos. Una extraña plegaria en un idioma ininteligible para ellos, un susurro que fue extendiéndose por el interior de sus mentes; voces desconocidas llenas de misterios perdidos en el tiempo cantaban letanías. Aquella invocación subía de tono y ritmo hasta hacerles sentir que se encontraban en un torbellino de palabras, girando en cada una de ellas, sintiendo en cada giro que eran parte de aquello, que siempre fueron parte del rito. Aquel lenguaje comenzó a tomar forma en su entendimiento ahora comenzaban a entenderlo, hablaba de dos sumos sacerdotes perdidos entre milenios, dos elegidos que debían volver de nuevo a ocupar el lugar que les correspondía entre los suyos. Custodios de la muerte, elegidos por Azrael para honrar el descanso sagrado de quienes partían de este mundo y para guiar a quienes debían partir de él.

 

-          Coged el cáliz vacio, debemos llenarlo para concluir la ceremonia.

 

Un tacto frio sobre sus costados, la caricia metálica de dagas ceremoniales pidiendo ser empuñadas para teñirse con la sangre de aquellos impuros que osaban profanar el reino de la muerte. Ante ellos, tendidos desnudos sobre unas mesas pétreas se encontraban sus cuatro compañeros de aventuras nocturnas, no estaban atados, nada les impedía levantarse

físicamente, sin embargo sus aterrorizadas miradas eran testimonio de su imposibilidad de sustraerse de aquella ceremonia. Bajo cada mesa se encontraba un cáliz esperando recibir el torrente sanguíneo que brotaría de los corazones vacios que osaron reírse de aquello que no entendían.

Mario comenzó a entonar una salmodia al tiempo que alzaba la daga sobre el primer cuerpo, Laura le siguió en el rito. Un ritmo vibrante se apoderó de la cripta mientras sus cuatro compañeros encapuchados bailaban alrededor de los altares del sacrificio. Era la hora de la sangre.