jueves, 13 de diciembre de 2012

QUEMAS.


Quemas como un silencio

de plomo derretido en los pulmones,

como un rayo despistado en el desierto

cuando el sol abre por rebajas.

Amaneces desordenada y metódica

como un plano de metro en desuso

en manos de un turista japonés extraviado.

 

Proyectas tu sombra sobre la inercia

del tiempo acompasado, diapasón

de una sinfonía inacabada

escrita en los pliegos de madera

del violín jubilado de cualquier músico

con coma cerebral en cada uno de los dedos.

 

Encefalograma plano del corazón

sobre una mesa de operaciones

impregnada de toda extravagancia

con sombrilla, coctel de frialdad

y aperitivo de instrumentos quirúrgicos

desperdigados por los metálicos rincones.

martes, 11 de diciembre de 2012

EL AQUELARRE.


 

-          ¡Qué pasada tía!

 

Mario contemplaba cada detalle de aquel viejo cementerio entre los vapores etílicos producidos por algún trago de jack daniels acompañados por marihuana, y la emoción que le causaba su primera experiencia real con el mundo gótico.

Todo comenzó el fin de semana anterior en un pub, Mario llevaba unas semanas inmerso en aquel extraño ambiente, era un chico tímido, no terminaba de encajar en ningún grupo, algo que le había llevado a aislarse. Por otro lado era un apasionado de cualquier tipo de lectura que tuviese sabor a mitos, leyendas, o historias sobrenaturales; le gustaban especialmente Allan Poe, Lovecraft, las leyendas de Becker, Byron o Milton, siempre andaba a la caza de cualquier novedad que pudiese encontrar en Valdemar. Sólo fue cuestión de tiempo que encontrase a Laura entre las estanterías de libros dedicados a ese género. Laura coqueteaba con una de aquellas tribus urbanas, aunque no estaba plenamente integrada en ella, vestía ropas oscuras a juego con sus ojos, no llevaba las prendas características de ese tipo de grupos, ni tan siquiera se maquillaba de manera extravagante. Conectaron casi al instante tras un ligero cambio de impresiones sobre Le Fanu, Bloch, Leiber, Matheson, Maturin, Chaucer y otros parecidos.

Mario le recomendó Los Cantos de Maldoror de Isidore Ducasse y Laura aceptó la recomendación y una invitación para tomar un café y ampliar la conversación; sentados en una terraza y cargados con sus nuevas adquisiciones comenzó aquella amistad que llevó a Mario al

pub donde los conocidos de Laura les propusieron acudir a un cementerio en plenilunio para participar en un ritual de invocación a los espíritus de los muertos, Mario no se sentía muy dispuesto pero Laura aceptó casi al instante y le arrastró en aquella extraña aventura.

 

La verdad es que los componentes de aquel extraño grupo no terminaban de convencerle, no eran exactamente como Laura o él, dos apasionados de las lecturas profundas. Ellos por el contrario demostraban no tener un gran conocimiento de aquellos autores que devoraba con autentica pasión; su rollo era más bien la música Black Metal y la participación en algunos foros y webs de carácter gótico. Sinceramente no terminaba de entender que podía encontrar su nueva amiga en ese grupo. De hecho le parecieron insustanciales y más propensos a la fantasía inspirada por películas de serie B que verdaderos apasionados como ellos de las lecturas profundas y serias de tantos autores consolidados de ese mundo de sombras y contraluces.
 

-          ¡Vamos ratoncitos de biblioteca! va siendo hora de que viváis aquello que solo conocéis por las aburridas páginas de tantos libros. Hoy experimentareis el verdadero contacto con el ángel de la muerte, hoy podréis danzar con los espíritus que vagan por las sombras de la vida cuando la vida duerme, ¡ánimo cobardicas que ya llegamos!  

 

A lo lejos se recortaban las siluetas de estatuas de piedra y mármol, era un viejo cementerio abandonado, perdido en medio de un bosque húmedo y lóbrego por el que parecían no haber pasado los años, una gran verja oxidada se alzaba ante ellos, una vieja cerradura rota invitaba a pasar libremente al mundo silencioso de la muerte, un molesto chirrido sonó como una advertencia al abrir la puerta lo justo para poder pasar a través de ella. Mario no pudo evitar sentir un escalofrío recorriéndole las vísceras, de pronto sintió el calor de la mano de Laura buscando en cierto modo el abrigo de la suya, ambos se miraron unos instantes y asintieron; llegarían hasta el final de aquella extraña aventura a pesar de la reticencia que empezaban a demostrar sus gestos.

El grupo caminó por un sendero flanqueado por cipreses que proyectaban extrañas y sobrecogedoras formas a través de la luz proyectada por la redonda brillantez de aquella luna llena que proporcionaba una visión fantasmática del conjunto funerario.

 

-          El trago del valor chico.

 

Oscar, uno de los componentes del grupo sacó una botella de licor de su largo abrigo de cuero negro, Mario no era un gran bebedor precisamente, tras un largo trago directamente de la botella comenzó a sentir una oleada de calor bajando hacia su estomago y el sabor almendrado característico de aquella bebida en su paladar; una sensación de modorra se apoderó de él, pero al mismo tiempo también comenzó a desaparecer aquella ligera angustia que no le había abandonado en todo el trayecto, pasó la botella a Laura que también dio un largo trago. Antes de darse cuenta un porro de marihuana fue pasando de mano en mano hasta la suya y de su mano fue hasta su boca, - vaya noche y lugar para experimentar con las drogas por primera vez, pensó mientras pasaba a Laura aquel porro.-

 

-          Tranquilos, aún no es medianoche, debemos esperar, podemos divertirnos mientras tanto.

 

Oscar cogió de la mano a una de las chicas del grupo, juntos se tumbaron sobre una lápida donde comenzaron a acariciarse y desnudarse mutuamente, pronto les siguieron los demás componentes del grupo.


-          Yo no he venido a esto, pensaba que ibais en serio, ahora veo que no sois más que unos salidos borrachos.

-          ¿Qué te pasa bonita, eres virgen o una aprendiz de monjita recatada?

-          Lo que yo sea no es cosa vuestra, vámonos de aquí Mario.

 

Mario sintió de nuevo la mano de Laura, esta vez sobre su hombro, asintió y comenzó a caminar junto a ella rumbo a la salida, coreados por las risas del resto del grupo.

El camino de regreso hasta la salida empezaba a cubrirse por una bruma que apenas dejaba distinguir el sendero de piedra, Mario respiro con cierto alivio la verdad es que nunca estuvo muy dispuesto a participar en aquel ritual.

 

-          Mario gracias por acompañarme, para ser sincera la verdad es que soy virgen, desde luego he estado con chicos pero nunca he pasado de tontear, me caes bien pero no soy del tipo de chicas que se acuesta así como así con el primero que llega.

-          Tranquila Laura, lo entiendo, además empezaba a sentirme incomodo en ese grupo de fantoches disfrazados de fantoches. Me da un poco de vergüenza decirlo pero yo tampoco he estado nunca con una chica, hubiese sido mi primera vez y no me gustaría nada recordar algo tan importante entre lapidas y panteones.

 

Un lamento metálico interrumpió la conversación; la puerta del cementerio seguramente, ¿pero, quien más querría venir a estas horas?, seguramente otra pandilla de indigentes no muy distintos de los que acababan de abandonar pensó Mario.

 

-          Tengo miedo.

-          Tranquila, seguramente serán otros idiotas parecidos a los que se han quedado atrás revolcándose entre los muertos. No pasará nada, ya verás.

 

Una figura solitaria apareció ante ellos a pocos metros, la niebla no dejaba ver con claridad, apenas se vislumbraba algo entre los jirones de luz que se colaban por aquella blanca opacidad. La silueta se acercaba a ellos, en su misma dirección; se cruzarían inevitablemente.

 

-          Mario por favor escondámonos hasta que pase, no sé porque pero empiezo a sentir miedo.

 

Con todo el sigilo posible corrieron hasta un panteón de piedra, bordeándolo para refugiarse tras sus paredes, allí pegados a la piedra musgosa conteniendo incluso la respiración esperaron

que pasase de largo aquella figura que tanto les intimidaba.


-          Ha pasado de largo Laura, esperamos un minuto más y salimos pitando, ya estamos casi fuera. Maldita la hora en que aceptamos acompañar a esos chiflados.

 

Con cuidado volvieron a bordear aquel mausoleo camino de la puerta de salida, allí estaba, apenas a dos metros de ellos, entornada; respiraron con alivio ante el final inminente de aquella estúpida excursión de plenilunio. El mismo lamento metálico de aquella puerta les saludó casi con burla mientras se cerraba ante ellos.

 

-          No puede ser, se ha cerrado sola, es imposible, cuesta mucho abrirla, lo vimos al entrar, no corre ni pizca de aire, pero no creo que pudiese cerrarla ni un vendaval.

-          No podéis salir, no esta noche, la puerta permanecerá cerrada hasta el amanecer.

 

Se volvieron asustados, aquella silueta que intentaron esquivar escondiéndose se alzaba ante ellos. Pertenecía a un hombre alto, vestido con un traje oscuro y cubierto con una negra capa española sujeta al cuello por una esclavina con forma de ángel, un ángel no muy distinto del que se alzaba sobre algunas de las lápidas de aquel cementerio.

Sus manos se posaron sobre los hombros de los chicos, estaban frías y húmedas como aquella neblina que rodeaba la noche, sus ojos eran de un color oscuro pero indefinido, con un brillo metálico, acerado e hipnótico.

Volvieron sobre sus pasos acompañados por aquel extraño personaje que en medio de ellos les guiaba con una brazo sobre el hombro de cada uno, no preguntaron nada, no dijeron nada; sencillamente se dejaron conducir hacia su destino, fuese el que fuese. Aquella voz, la mirada

de aquel hombre venció cualquier resistencia que hubiesen querido ofrecer; caminaban sintiendo aquellos brazos como cadenas que ataban su voluntad y la doblegaban al extraño.

 

-          No sintáis temor, vinisteis por vuestra propia voluntad, hoy conoceréis ese mundo por el que os sentís atraídos, sois invitados de honor, la ceremonia no puede tener lugar sin vosotros. Vamos, no hagamos esperar al resto de los invitados, la medianoche se acerca.

 

Pasaron de largo por el claro donde habían dejado abandonados a los góticos de diseño revolcándose sobre lápidas. No eran conscientes del tiempo, ni del camino, es casi como si caminasen sobre aquellos jirones brumosos. De repente se detuvieron ante un inmenso panteón, una angosta escalera de piedra desembocaba ante una cancela metálica custodiada por dos extrañas figuras aladas, dos gárgolas.


-          La ceremonia está a punto de comenzar, pero debéis vestiros adecuadamente.

El extraño cubrió su cabeza con una capucha que pendía de la parte trasera del cuello de su capa. Se acercó a uno de los nichos sacando dos capas parecidas a las suyas, pero de un intenso color rojo.

 

-          Tomad, son vuestras, al menos por ésta noche, ponéoslas.

 

Entraron por un oscuro pasadizo que desembocaba a su vez en otra escalera, esta vez de caracol, que como una serpiente de piedra se deslizaba a través de las profundidades de la tierra. Llegaron a una amplia cripta, cuatro figuras encapuchas les esperaban ante un altar con seis copas de plata que descansaban sobre unos paños bordados con extraños símbolos. Antes de darse cuenta se encontraban formando un círculo que rodeaba el tabernáculo con una copa entre sus manos. Una extraña plegaria en un idioma ininteligible para ellos, un susurro que fue extendiéndose por el interior de sus mentes; voces desconocidas llenas de misterios perdidos en el tiempo cantaban letanías. Aquella invocación subía de tono y ritmo hasta hacerles sentir que se encontraban en un torbellino de palabras, girando en cada una de ellas, sintiendo en cada giro que eran parte de aquello, que siempre fueron parte del rito. Aquel lenguaje comenzó a tomar forma en su entendimiento ahora comenzaban a entenderlo, hablaba de dos sumos sacerdotes perdidos entre milenios, dos elegidos que debían volver de nuevo a ocupar el lugar que les correspondía entre los suyos. Custodios de la muerte, elegidos por Azrael para honrar el descanso sagrado de quienes partían de este mundo y para guiar a quienes debían partir de él.

 

-          Coged el cáliz vacio, debemos llenarlo para concluir la ceremonia.

 

Un tacto frio sobre sus costados, la caricia metálica de dagas ceremoniales pidiendo ser empuñadas para teñirse con la sangre de aquellos impuros que osaban profanar el reino de la muerte. Ante ellos, tendidos desnudos sobre unas mesas pétreas se encontraban sus cuatro compañeros de aventuras nocturnas, no estaban atados, nada les impedía levantarse

físicamente, sin embargo sus aterrorizadas miradas eran testimonio de su imposibilidad de sustraerse de aquella ceremonia. Bajo cada mesa se encontraba un cáliz esperando recibir el torrente sanguíneo que brotaría de los corazones vacios que osaron reírse de aquello que no entendían.

Mario comenzó a entonar una salmodia al tiempo que alzaba la daga sobre el primer cuerpo, Laura le siguió en el rito. Un ritmo vibrante se apoderó de la cripta mientras sus cuatro compañeros encapuchados bailaban alrededor de los altares del sacrificio. Era la hora de la sangre.

lunes, 10 de diciembre de 2012

LA CHICA SIN NOMBRE.


 

¡Un tequila sin sal y limón!- a Alfredo le gustaba empezar fuerte; tras ese tequila seguirían al menos dos más, espolvoreados convenientemente con dos “tiritos” en los lavabos del Ateneo, a partir del tiroteo nasal Alfredo entablaba un larguísimo dialogo etílico con su mejor amigo “Jack Daniels”. El Ateneo era su garito predilecto; en él podías encontrarte la más heterogénea mezcla de personas, desde el profesor de facultad que acude a tomar unas cervezas tras las clases, hasta muchos alumnos que, casi siempre con acierto, veían más utilidad en unas copas que en las clases impartidas por personas dóciles y domesticadas por el pesebre conseguido en coyunturas políticas. Allí confluían también los más extraños y estrambóticos personajes del mundo de la noche; era el lugar perfecto para empezar la juerga y, en algunas ocasiones, también para terminarla cuando la noche se hermana con la madrugada.

-¿Me invitas a una copa, Alfredo?

Vaya, la noche no podía empezar mejor; tenía ante él, ¡en la primera copa!, una auténtica y extraña belleza, morena, con unos ojazos negros llenos de secretos.

-           ¿Me invitas a esa copa o tendré que buscar en otra parte? Fíjate y verás que me miran otros chicos y algunas chicas también.  ¡Tú decides!  

La verdad es que la chica merecía todas y cada una de las miradas; era increíblemente atractiva y sugerente, y… tenía algo más. Alfredo no sabía cómo explicarlo pero esa chica era algo distinto y no sólo por su forma de vestir, (parecía pertenecer a una de esas extrañas tribus urbanas Góticas) sino, sobre todo, por sus facciones juveniles, y sus ojos que escondían algo arcano como una fuerza devastadora que a través de su mirada trasmitía un misterio que solo algunos escogidos podían llegar a desvelar, si ella lo permitía.

- ¿Eres Gótica o algo así? Te atreves con un tequila o quieres algo más light.

- Un tequila está bien, para empezar, claro. ¿Dime, Alfredo, qué más te gusta, tequila aparte?

La cosa no paraba de mejorar, una chica directa.

-          Me gustan los coches, las motocicletas y las mujeres, los coches y motocicletas rápidos, y las mujeres rápidas y decididas, me gusta la velocidad en todo, la vida es corta.

-           A mí me gustan los hombres a los que les gustan los coches, las motocicletas, la velocidad y las mujeres rápidas y decididas, pero… ¿Has pensado alguna vez que la velocidad te lleva antes a cualquier sitio, incluso al final de la vida misma?

-          Oye, ¿vamos a beber o filosofar?

-          Se pueden hacer ambas cosas. Alfredo. ¿O te asustan las mujeres cultas? ¿O las conversaciones que lleven implícito algo más que… dónde lo hacemos, además de… qué bebemos hasta reventar?

¡Joder, una tía despampanante que se pone ella sola a tiro y tenía que salir filósofa!



-          ¿No me asusta nada y a ti?

-          A mí no me asusta nada; a veces creo que he vivido millones de vidas, sin haber vivido nunca, y a veces creo que sólo vivo para ver morir millones de vidas; este tipo de pensamientos hacen que el miedo sea solo una circunstancia más y más bien pasajera. ¿Ves a aquella chica que nos mira?

-          Pues no me importaría irme con ella si me resultase interesante; es más, no me importaría salir esta noche de aquí con cualquiera de todas aquellas personas que nos miran ahora mismo, pero hoy te he elegido a ti, Alfredo; de ti depende lo que ocurra a partir de ahora.

¡La madre que la parió! Lo había dicho bien clarito, vaya pava.

-           ¿Y qué tengo que hacer para llevarte a mi casa?; ¿oye, cómo te llamas?

-          Creo que hoy no te diré mi nombre, al menos no te lo diré aún, más tarde quizás te lo diga y quizás también pasen otras cosas… más tarde; para llevarme a tu casa empieza por no volver a preguntarme qué hace falta para llevarme a ella; yo decidiré si acabamos en tu casa, en otro sitio o no terminamos nada, al menos hoy.

Desde luego era la chica más extravagante y enigmática con la que Alfredo había ligado en estos dos años que llevaba pululando por el Ateneo; cuanto más convencido estaba de mandarla a paseo y emborracharse solo, más y más le costaba hacerlo, acostumbrado como estaba a las noches de sexo sin comprometerse a nada. Percibía en su interior la extraña certeza de que tarde o temprano acabaría encontrándola de nuevo, por mucho que hoy se le escapase de las manos. Tres chupitos cada uno más tarde, terminaron por coger una mesa apartada y una botella llena de tequila.

-          ¿Dime, qué crees que va a pasar esta noche, o… qué te gustaría que pasara?

A estas alturas Alfredo estaba desorientado, no sabía muy bien por dónde sorprender a esta chica sin nombre, y, lo que es peor, estaba seguro de que no importaba lo que dijese, ella se encargaría de dar la vuelta a su favor a cualquier cosa que se le ocurriese decir; pero había que intentar algo, aunque ese algo fuese sencillamente decir la verdad.

-          Sinceramente, al principio pensé que esto empezaría con un rápido revolcón en los lavabos, y quizás otro más tranquilo en mi casa; al principio claro, después pensé incluso en mandarte a paseo, ir directo a los lavabos y meterme otro tirito y media botella de Jack Daniels, chupito a chupito; es más, no tengo claro si me estás tomando el pelo para beber gratis, si solo buscas un chalado como tú para beber y hablar sin ofrecer nada, o si realmente quieres que lleguemos a algo más íntimo; lo que sí sé es que me importa una mierda, sólo quiero que sigas aquí conmigo, que no te vayas, aunque no me digas por qué. Estoy medio borracho a pesar de la coca, pero algo dentro de mí me dice que no estás aquí por casualidad, que me buscabas, y, aunque pareces estar jugando, de alguna manera sé que has venido sólo por mí esta noche.


-          Yo no soy de nadie, Alfredo, ni lo seré nunca; hoy estoy contigo, ayer estuve con otros, mañana o dentro de unas horas quizás sea con aquella chica que nos mira algo confusa; sí, seguramente mañana la elegiré a ella; si puedes aceptar esto, si eres capaz de entender que nada puedes hacer por cambiarlo, si estás dispuesto a aceptar lo que no puedes impedir, es el momento de pagar esta botella que nos hemos bebido. Toma dinero, esta noche te invita esta chalada que buscaba un chalado como tú para beber y charlar, yo te espero en la puerta, daremos un paseo y quien sabe… quizás ese paseo nos lleve a tu casa, o quizás a la mía. Esta noche algunos afortunados miraran con envidia cómo salimos de aquí juntos sin un destino concreto aún; quizás mañana o pasado algunos no se sientan igual paseando a mi lado.

-          Desde luego estas como una cabra, chica sin nombre; voy a pagar y salgo enseguida. ¡Marcos, cóbrame!

-           Vaya mierda llevas macho, vaya mierda, ten más cuidado con lo que te metes hombre, le dijo el camarero asustado.

-           ¿Vaya mierda? Ainsss, si la envidia fuera tiña… ¡Vaya hembra que me llevo macho!

-          Lo dicho tío, vaya mierda, anda y que te vaya bien, Don Juan ilusorio.

-          Hasta mañana envidioso.

-          Hasta luego Casanova.

-          Bueno chica sin nombre ¿dónde quieres ir?

-          Qué más da eso, el camino es lo menos importante, una vez se sabe donde terminará; tomamos la última en tu casa y ya veremos.

El camino hasta el apartamento de Alfredo transcurrió entre algunos silencios incómodos y unas pocas frases incoherentes que la chica aceptó como consecuencia de los excesos etílicos de Alfredo, pero al final estaban ante la puerta del apartamento y ella seguía allí.

-          ¡Qué quieres tomar chica sin nombre! Tengo tequila, vodka y a mi favorito: Jack Daniels.

-          Tequila está bien, Alfredo.

-          Bien, un tequila y un beso para empezar con buen pie.

-          No tengas tanta prisa, quizás ese beso que tanto esperas no te guste tanto después de todo; es mejor lo que se espera, lo que se imagina, que aquello que termina por suceder realmente, tranquilo.

-          ¡Qué es ese alboroto, joder Alfredo, ya estás otra vez igual! Intenta hacer algo menos de ruido, los vecinos se quejarán otra vez con razón, y algunos queremos ir mañana despejados a la facultad.

-          Jorge, quiero presentarte a la chica sin nombre, no sé si se quedará aquí esta noche, pero yo quiero que se quede. Este es mi compañero de piso y de estudios, mi aburrido y formal amigo Jorge.

-          ¡Vaya mierda llevas otra vez chico! Anda, intenta tranquilizarte y vete a dormirla, hasta mañana golferas.


-          -Ya ves, no te gustaría, es de un formal y aburrido que espanta.

-          Sí, desde luego es la clásica persona a la que no tengo intención de ver a corto plazo; tú eres más mi estilo de cita, Alfredo, sí, tú volverás a verme y la próxima vez vendrás a mi casa. Pero no será esta noche, esta noche no; sin embargo sí te daré ese beso que querías al entrar, un beso corto, para que me recuerdes, para que me esperes, para que sepas que muy pronto vendré a por ti y te llevaré conmigo a casa.

Fue un beso rápido, esquivo, casi una despedida que no termina de llegar, como un hasta pronto que surge tan rápido, como rápido desaparece; sin embargo Alfredo sintió en ese escaso segundo un aliento frío, que desde los labios invadía todo su ser, como si hubiese besado un tempano de hielo en lugar de aquella boca que tanto deseaba recorrer a mordiscos juguetones. De repente le invadió un tremendo sopor, le pesaban los párpados y el cansancio se apoderó de todo su ser; lo último que alcanzó a ver fue una puerta, la de su apartamento, cerrándose tras una negra sombra.

-          ¡Dios, qué dolor de cabeza, realmente la había cogido tremenda ayer noche!

-          Buenos días tarambana, ¿te duele la cabeza crápula?

-          No me fastidies, Jorge, bastante tengo, vaya mierda cogí; encima se me escapó esa chica tan rara.

-          ¿Qué chica, qué dices?

-          ¿Qué digo?, joder tío, la chica que te presenté ayer.

-          ¿Ayer?, cuando te encontré, estabas solo, medio tirado en el sofá, con una botella de tequila en las manos, farfullando de manera incongruente; imagino que puesto hasta las cejas de tequila, y a saber qué más. Me voy a la facultad, intenta espabilarte a ver si consigues llegar a alguna clase medianamente lucido.

-          ¿Solo, solo y tirado en el sofá?

 Jorge alucinaba, sí es cierto, la había cogido de concurso pero recordaba cada palabra, cada mirada, recordaba ese paseo hasta el piso y, sobre todo, aquel beso corto, pero ¡tan intenso y frío!, recordaba la promesa de la chica: “Tú volverás a verme y la próxima vez vendrás a mi casa”. Estaba seguro, ella volvería, volvería a verla. Pasó el día semidormido, tumbado en la cama; con las primeras luces artificiales de la noche, se levantó y se duchó, se vistió para salir, ya comería algo rápido en cualquier sitio.

-          ¡Un tequila sin sal y limón!

-          Marchando, golferas, no sé como tienes cuerpo después de la de ayer.

-          Ya ves, tío, machote que es uno, una pregunta Marcos ¿La nena aquella de anoche, ha venido por aquí?

-          ¿Qué nena?

-          ¡No me jodas tú también, Marcos! La pava que estuvo bebiendo conmigo anoche, la que se fue conmigo después, esa morenaza de ojazos negros que vestía de Gótica.


-          ¡Qué dices, colgado! Anoche empezaste como siempre, te bebiste un par de chupitos hablando entre dientes, después te fuiste al lavabo como siempre y al volver con las narices algo blancas, te fuiste solo a una mesa con una botella entera de José Cuervo, te la bebiste, pagaste y saliste por la puerta dando tumbos y hablando solo; si había alguien o no esperándote fuera, no lo sé, tío, pero de aquí saliste totalmente colgado y solo.  Por cierto, no veas la que se montó después; al poco rato de salir tú, una chica fue violada y asesinada en el callejón de detrás, una chica joven que estaba sentada cerca de ti; estuvo casi toda la noche la pobre y te miraba bastante, no sé cómo no te diste cuenta, la verdad. Si hubieses estado más fino se hubiese marchado contigo, a lo mejor, y quizás aún estaría viva. Dicen que estudiaba en tu misma facultad, era su primer año, creo, ya había estado alguna vez por aquí, una tía algo seria pero muy amable. En fin, no puede evitarse lo que está destinado a pasar; era su noche.

 

¿Sólo? No, estaba seguro, la recordaba perfectamente, recordaba cada palabra, cada minuto con ella. ¿Una chica que le miraba?

No, no se acordaba de ella, sólo recordaba a su chica sin nombre recordaba su promesa y su beso. Sí, volvería a verla, estaba seguro, ella se lo había prometido, la esperaría.  Lo recordaba perfectamente:

“Te daré ese beso que querías al entrar Alfredo, un beso corto, para que me recuerdes, para que me esperes, para que sepas que muy pronto vendré a por ti y te llevaré conmigo a casa”. Esas fueron sus palabras, estaba seguro del todo, a la mierda lo que dijesen los colgados de Marcos y Jorge; ella vendría, sólo tenía que esperarla. Pero primero un tirito para despabilarse.

-          ¡Dame otro tequila sin sal y limón!

sábado, 8 de diciembre de 2012

ENTRE LA NIEBLA.


Cuenta la leyenda que tras el bosque oscuro, arriba en el páramo, se alzaba una fortaleza sobre las viejas ruinas. Cuenta también la leyenda, que en aquella fortaleza vivió un ser malvado que disfrutaba torturando a los indefensos lugareños; mandaba sus mesnadas a saquear la aldea, ¡y pobres de aquellos que se atreviesen a oponerse a los crueles designios del señor!

Todos recordaban al viejo alguacil del lugar, y a su familia; el primer hombre que plantó cara a la crueldad del señor de la fortaleza. Sí, todos recordaban aquel sangriento día; las dos hijas y la mujer del alguacil fueron violadas repetidas veces, y degolladas después ante los ojos del maniatado y golpeado alguacil y su único hijo varón, inmediatamente después de la vejación y asesinato de las mujeres, desnudaron al hijo y lo empalaron ante los ojos del derrotado hombre, qué ya no pedía otra cosa que su propia muerte también. Pero no, no fue ese su destino; Le arrancaron los ojos y la lengua, le amputaron la mano derecha y se lo llevaron a la fortaleza como esclavo del señor. Todos recordaban, sí, lo recordaban perfectamente, pues tras la tortura y asesinato de aquella familia, dejaron los cuerpos a la entrada de la aldea como pasto de las alimañas y con la prohibición bajo pena de muerte, de dar sepultura a los despojos de aquellos infelices. Algunos aldeanos, aterrados por aquella crueldad extrema, agotados por una semivida en condiciones infrahumanas intentaron huir de la aldea, para ser perseguidos, y devueltos a la misma, donde eran castigados de una manera brutal ante todos los vecinos.

 Pasaron varios años, las condiciones de vida no habían mejorado en absoluto para aquellos desgraciados lugareños. De forma periódica bajaban las mesnadas, con o sin el señor al mando de las mismas; y saqueaban a placer, dejando a los infelices aldeanos, golpes, vejaciones y el alimento justo para sobrevivir, y pobre de aquella muchacha hermosa que tuviese la desgracia de dejarse ver; inmediatamente era maniatada y conducida a la fortaleza para, en el mejor de los casos retornar a la aldea varias semanas o meses después, convertida en un guiñapo, y muda de por vida, pues la crueldad de los moradores de aquella sangrienta fortaleza llegaba al punto de arrancarles la lengua para que nada pudiesen contar de lo sucedido entre aquellos muros de piedra y maldad.

Un día llegaron a la aldea dos jóvenes hermanos, para instalarse en ella como leñadores; eran fuertes, altos, de anchas espaldas y brazos y piernas que parecían tallados en piedra, tal era su constitución. Los chicos se apresuraron a construir una cabaña, pues faltaban pocos meses para la llegada del invierno, eran personas afables y pronto se ganaron el cariño y confianza de los lugareños. En las noches de aquel verano que tocaba a su fin, se reunían bajo un viejo y alto roble para charlar y compartir la escasa comida y bebida. Los hermanos habían llegado a este lugar apartado y olvidado por Dios, huyendo de una corta pero intensa vida como soldados. Buscaban una vida pacífica, y   un lugar tranquilo para asentarse y formar una familia.

Los aldeanos olvidaban sus preocupaciones escuchando los relatos de aquellos dos temerarios hermanos, y soñaban con viajar a tantos de aquellos rincones remotos, y ciudades que describían.

Tanto por la novedad de su presencia, como por las historias que traían con ellos; historias de luchas en las que habían participado, de viajes emprendidos, de lugares visitados, como por la apostura inherente de ambos hermanos; solo fue cuestión de tiempo que algunas mozas empezasen a lanzar lánguidas miradas a su paso, junto con algún suspiro. Y solo cuestión de tiempo también que uno de los dos hermanos, Rodrigo, cayese preso de una de esas miradas.

La joven en cuestión era hija del posadero que les hospedó, y alimentó mientras construían su cabaña. Jimena era una mujercita de dieciocho primaveras exultantes, de pelo y ojos castaños,

no demasiado alta, pero estilizada; su sonrisa era una brisa fresca, y sus miradas, certeras cómo saetas, hicieron blanco, primero en las miradas de Rodrigo, después en pleno corazón.

Aquellos días de finales de agosto, era algo habitual verles paseando, con las manos muy cerca, demasiado, aunque sin llegar a rozarse, al menos en público, ante la mirada y sonrisa comprensiva de la comunidad y la aceptación de los padres de la núbil doncellita. 

Otoño llegó con los preparativos de la ceremonia nupcial de Rodrigo Y Jimena, el mes de septiembre transcurrió plácido y lleno de buenos presagios, de sonrisas y celebraciones previas al gran día, y transcurrió también con la confianza de varios meses sin las visitas inoportunas de aquellas mesnadas que bajaban de cuando en cuando del bosque oscuro para atormentarles, una confianza qué les llevó al descuido.

Llegó por fin el día de la boda, con los albores de noviembre y las primeras nieves del año, un manto blanco cómo el sencillo vestido de Jimena, cubría las copas de los árboles, los tejados de las cabañas, y extendía sobre el suelo una alfombra nívea para los pies de los futuros esposos, que caminaban cogidos del brazo, camino de la pequeña ermita. Tras ellos, una alborozada aldea, al frente de la cual caminaban el hermano de Rodrigo, y los padres de Jimena; frente a la puerta esperaba el anciano fraile.

De repente un ruido atronador, unos aullidos salvajes apercibieron a los lugareños de la llegada de aquellas mesnadas. Para su desgracia entraron rodeando la aldea, ¡no había escape posible! Los asustados aldeanos se apiñaron, intentando ocultar a las mujeres de los codiciosos ojos de la brutal soldadesca mercenaria, pero todo fue en vano; cargaron como lobos salvajes contra el grupo, apartando unos a los hombres y dejando los otros a las mujeres, indefensas y expuestas a la vista de su lascivia, en el centro del circulo se encontraba Jimena, bella y esplendorosa ante la siniestra mirada del señor de las mesnadas, y el terror de aquellos lugares, qué se apresuró a entrar en el circulo y subirla de manera brutal a su negro corcel, cruzándola sobre la grupa de aquel caballo oscuro, cómo el destino de aquella infeliz.

El anciano fraile, el joven e impetuoso Rodrigo, su hermano y el padre de Jimena intentaron interponerse entre aquella desdichada y las pérfidas intenciones de su raptor, sujetando unos las riendas del animal, otros intentando bajar a Jimena de aquella grupa.

Entonces se desató el infierno, Rodrigo sintió un brutal y frío golpe en su mano, una mano que contempló incrédulo en el suelo, cercenada de su brazo, después un fuerte golpe en la cabeza, y todo se volvió negro.

Al despertar, lo primero que vio fue a su hermano, junto a él, con la mirada triste y ensangrentada. A su alrededor, en aquel frío suelo; los cadáveres del viejo posadero y su esposa, el cuerpo decapitado del fraile, y los de algunos vecinos más, la ermita agonizaba pasto de las llamas, también habían incendiado algunas cabañas. Se llevaron a Jimena y a otras tres doncellas más, la aldea ofrecía una imagen dantesca.

Cuenta la leyenda, que tras enterrar los cadáveres y recomponerse como mejor pudieron, aquellos jóvenes hermanos excitaron los ánimos de los supervivientes, conminándolos a luchar, y morir si fuese necesario, antes que seguir soportando aquellas brutalidades.

Cuenta también la leyenda, que los hermanos sacaron de nuevo sus armas, y enseñaron a los lugareños a defenderse y luchar, como mejor supieron; y una noche negra de comienzos de invierno, una procesión de antorchas y aldeanos indignados subieron a morir al páramo.

Fue una noche de sangre y fuego, una noche de muerte y de venganza, sobrevivieron muy pocos, pero al clarear el día aquella fortaleza maldita se consumía pasto de la ira, y de las llamas. El señor de los malditos ardió entre sus muros con algunos de sus hombres, otros encontraron la muerte luchando a las puertas. Pero todos los componentes de aquella legión maldita perecieron en justa venganza.

También murió el hermano de Rodrigo junto a varios aldeanos, rescataron a Jimena y a dos de las tres doncellas que secuestraron el día de la funesta boda, no eran las mismas, sus ojos reflejaban sufrimiento, sus cuerpos mancillados y atormentados eran prueba del dolor que destilaban aquellas miradas. La vida continuó, los años amortiguaron el dolor y vejaciones, llegaron hijos, después nietos.

Con el correr de los siglos la historia original quizás perdió parte de su contenido, nunca lo sabremos; sin embargo tras aquel bosque aun pueden verse los restos calcinados de aquella fortaleza del mal, y la esencia de lo que ocurrió allí y sus motivos, han pasado de generación en generación entre nosotros; yo mismo soy un descendiente del valiente Rodrigo, aquel que por amor desafío y venció al mal.

Pero el mal no se fue del todo, sigue allí, entre aquellos restos calcinados y malditos; en noches de luna llena puede verse una densa niebla qué se apodera del bosque. Dicen que aquellos desdichados que se aventuran en aquella opacidad en busca de aventuras, se pierden en un nexo de los tiempos, un nexo que les conduce a vivir aquel horror contra el que lucharon mis antepasados, cuentan que jamás vuelven a salir de aquella niebla.

Jorge y Sonia escuchaban absortos el relato del joven posadero; un chico de unos veinticinco años. Ante ellos unas tazas de café, un café que no habían probado, un café frío.

 
Llegaron esa misma tarde, su intención hospedarse unos días y recorrer la zona como senderistas, preguntaron al posadero por lugares interesantes, e historias inquietantes, y él les contó la historia de su posada, de sus antepasados; la historia de ese pequeño pueblo en el que tenían intención de permanecer algunos días, y una extraña leyenda que flotaba en torno a unas ruinas tras un bosque.

Cuenta la historia, que dos curiosos senderistas se encaminaron una tarde de enero en busca de aventuras y de unas viejas ruinas, cuenta también que algunos vecinos intentaron disuadirles, para que no lo hiciesen, no esa tarde. Cuenta la historia que los jóvenes les miraron sonrientes y negaron, cuenta cómo los vecinos les vieron alejarse confiados, cómo les vieron desaparecer entre aquella espesa niebla que empezaba a formarse en las vísperas de la noche de la gran batalla, acaecida siglos atrás, en aquellos mismos parajes.

Meses después, un vecino encontró a una chica semidesnuda, y notoriamente trastornada, sus ojos reflejaban un profundo terror, era incapaz de articular palabra alguna con coherencia. Explorando los alrededores encontraron el cuerpo mutilado de un joven, le habían arrancado los ojos y la lengua, y le faltaba también la mano derecha.

A lo lejos, entre los jirones de niebla, desde lo más profundo del bosque, llegaba el eco de un macabro estruendo; algo parecido al galope de varios caballos y viejos gritos de batalla.

sábado, 1 de diciembre de 2012

CANTO A ESPAÑA (Odón Betanzos Palacios)




España es algo más que un discurso político o un pastel que repartir entre los partidos corruptos y sus politicastros mafiosos. España somos todos nosotros, nuestros antepasados, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. No podemos ni debemos consentir que una casta mal nacida destruya la nación más antigua de Europa y una de las más antiguas del mundo en sus mercadeos de intereses.

Constitución española Artículo primero del título preliminar
2. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado.
Artículo segundo del título preliminar.
Artículo 2.
La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.
Artículo 8.
1. Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.
SECCIÓN II. DE LOS DERECHOS Y DEBERES DE LOS CIUDADANOS.
Artículo 30.         
1.       Los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España.    


Poema que forma parte de la obra poética universalmente difundida del autor de Poemas del hombre y las desolaciones y de Ese dios de las totalidades. Se lo encuentra en la Antología Poética de Odón Betanzos Palacios, cuya selección, edición, introducción y notas pertenece a José María Padilla Valencia.

Director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

 


                I
España que de mi voz se llena.
España pulso y agua.
España hierro y sangre. España.
España raíz y nervio.
España azada larga.
España de titanes.
España.

II
Cuando la tierra estaba quieta
y el mar en alto.
Cuando Dios medía la fuerza por el empuje,
cuando la valentía era algo
y el alma simiente.
Cuando la fruta era larga
y el paso corto,
entonces, en aquel día,
fue España.

III
España de mimbre y de agua,
y de surco, y de avellaneda,
y de aceite, y de naranja.
España de valle y de sierra.
España espada alzada.
España.

IV
España cicatrizada y enteriza,
y alta,
España de palabras.
España de entereza, de entereza bárbara.
España de día, y acento, y alondra,
y almendra, y aldea.
España de hombres tan duros como hachas.
España.

V
Tal alta como tú, España, ninguna.
Ni de tanto coraje, ni de tanta alma,
ni de tanta pena, ni de tanta lágrima.
Tan grande como tú, ninguna, España,
ni tan serena, ni tan rebelde,
ni de tanto empuje, ni de tanta calma,
ni de tanta bravura
cuando llega tu campanada.
De tanto nervio, como tú, España, ninguna;
ni de tanta mansedumbre cuando descansas.
España, España, raza y gentío,
lanza y castillo y madrugada.

VI
Cuando los demás pueblos dormían, tu, España,
de tu raza singular hacías un mundo,
un mundo singular como tú, España.
España fabricaba hombres más grandes que titanes,
más fuertes que fábricas.
España daba un nervio de pulso de gigante,
de alma de albahaca.
España daba su idioma, y Dios,
y raza, y tiempo, y día, y alma.
España cuando lo oscuro era,
daba su civilización de alondra,
y de entereza, y de finura,
y de lumbre y de nostalgias.
Daba un mundo completo
con sus grandes virtudes
y sus visibles faltas.
Cuando los otros pueblos pensaban,
España hacía y demostraba,
y el mundo se ponía de pies
y absorto temblaba, de envidia y de rabia.

VII
España mía por la raza, y por las calles,
y por los pinares, y por los mares y por la plazas.
España blanca, y oscura y opaca.
España red y arado.
España fábrica.
España, mía con la luz de enmedio,
y en la madrugada.
-¡Mi España!- Tan completa en tu acento,
tan bien hecha, tan entera, tan surcada.
España mía, desde que el sol se pone
hasta que el sol se levanta.
España ambiente, y calle, y cañada.
España cielo, y pájaro, y hombre,
y canción, y sierra, y agua.
España caliente, y fría, y estatuaria,
y abierta, y mansa.
España de dura meseta
y de luz azulada.
España símbolo.
España sacrificada.
España alivio.
España dura.
España mirada.
España predestinada.
España. España.

VIII
España pueblo nuevo
hecho de cien razas.
España fuerte, como el hambre milenaria.
España cruz, como la cruz sacrificada.
España arrojo, y decisión y pausa.
España con destino,
con el destino soberbio de su mirada.
España sed y España agua.

IX
A ti va mi alma, España,
con mi intención desahogada.
A ti va mi voz buscando tus hondonadas,
y mi razón agarrando tus esperanzas;
y mi amor, y mi cuerpo,
y mi luz, y mi calma,
y mi yo, España.

X
Despierta, España, a tu razón,
a tu aurora, a tu cuerpo raza,
a tu mente libre, a tu voz pausada,
a tu leyenda, a tu verdad,
a tu luz, a tu amor desbocado, a tu fuerza,
a tu fe, a tu Dios, a tu armonía, a tus esperanzas.
Despierta, España, a tu diálogo,
a tu carne, a tus firmezas,
a tu sabiduría, a tus brazos abiertos,
a tu amor heroico,
a tu canción de seguridades,
a tus enseñanzas.
Despierta, España, a tu hazaña nueva,
a tu lengua clara,
a tu voz firme,
a tu misión de cultura nueva
de dimensión humana.