Imagina a un gran ejército de zombis marchando alegres con una papeleta electoral en la mano hacia sus ataúdes colectivos de cristal. Imagina al mismo tiempo a todos sus enterradores frotándose las manos de satisfacción pensando en los beneficios personales del funeral colectivo mientras animan a esos zombis con distintas banderas y colores a alinearse en diversos lados de sus propias sepulturas. Imagina si puedes (al mismo tiempo) un plaga de cucarachas saliendo por las mangas y perneras del pantalón de los enterradores, ansiosas por devorar las migajas del festín macabro y varios buitres sobrevolando la dantesca escena con sus picos afilados y dispuestos a alimentarse de la poca carne que aún quede pegada a los tristes huesos del ejercito de zombis. Junto a todos ellos se encuentran diversos apóstoles envestidos de un extraño poder divino concediendo indulgencias y absolución en nombre de sus diversas confesiones y dioses a víctimas y verdugos con la mano derecha, mientras la izquierda aguarda impaciente su paga por los servicios prestados. Imagina que las palabras son condimento para aderezar el sabor de la menguada carne de los zombis y mantenerles tranquilos en su fila mientras les llega el turno del sacrificio humano y cae sobre su cabeza el hacha implacable. Imagínales a todos, unos brindando alegres, otros muriendo sin saberlo, unos disfrutando de suculentos banquetes, los otros, convidados de piedra al fin y al cabo, sin terminar de comprender de que son alimento y terminaran saliendo por el culo de enterradores, cucarachas, buitres y apóstoles tras un largo proceso de digestión en forma de heces fecales.
Por imaginar que no quede, no hay prisa la digestión es larga y siempre hay sitio en las cloacas situadas bajo cada escaño-inodoro. Tú también flotaras allí abajo, no lo dudes.
No preguntes por quién doblan las campanas
cuando su tañido metálico taladra tus sienes
y sientes el frío por todo tu cuerpo rígido.
No preguntes por el olor a madera barnizada
sobre el que recuestan tu vida cansada
con un cristal sobre la pálida frente
y la nariz afilada por el aroma a muerte recién estrenada.
¡No, no preguntes por quién doblan las campanas!
Las campanas doblan por ti.
Entonces podrás escuchar los elogios negados.
Las palabras de buena crianza.
El discurso espiritual del profeta a sueldo del vaticano.
La bondad intrínseca a tu camino
hacia una fosa recién excavada.
El llanto hipócrita de las plañideras en tu entorno
que se palpa con impaciencia el bolsillo del tabaco.
La agonía de flores recién cortadas
para que se pudran lentamente junto a tu cadáver.
El sonido de la tierra golpeando tu nuevo chalet,
adosado a otros muertos sin TDT.
El rechinar hambriento del gusano en tu interior.
Un nuevo y desconocido concepto de soledad
mientras intentas gritar a través de tus labios pegados:
¿Por quién doblan las campanas?
Las campanas están doblando por ti.
cuando su tañido metálico taladra tus sienes
y sientes el frío por todo tu cuerpo rígido.
No preguntes por el olor a madera barnizada
sobre el que recuestan tu vida cansada
con un cristal sobre la pálida frente
y la nariz afilada por el aroma a muerte recién estrenada.
¡No, no preguntes por quién doblan las campanas!
Las campanas doblan por ti.
Entonces podrás escuchar los elogios negados.
Las palabras de buena crianza.
El discurso espiritual del profeta a sueldo del vaticano.
La bondad intrínseca a tu camino
hacia una fosa recién excavada.
El llanto hipócrita de las plañideras en tu entorno
que se palpa con impaciencia el bolsillo del tabaco.
La agonía de flores recién cortadas
para que se pudran lentamente junto a tu cadáver.
El sonido de la tierra golpeando tu nuevo chalet,
adosado a otros muertos sin TDT.
El rechinar hambriento del gusano en tu interior.
Un nuevo y desconocido concepto de soledad
mientras intentas gritar a través de tus labios pegados:
¿Por quién doblan las campanas?
Las campanas están doblando por ti.
